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lunes, 27 de octubre de 2014

Gracias a mi perro Pepi

Siento cómo ese sol cegador se aparta poco a poco, más bien es tapado por esas nubes negras. La pared en la que me apoyo es muy áspera, pero es la única de la que los guardias aún no me han echado. Se supone que tengo que dar gracias. El aire se ve contaminado por esa gran cantidad de gases que desprenden los vehículos que circulan por la calzada. Ya no existe ese olor dulzón que desprendía mi panadería.Cómo la echo de menos, puta crisis y puto pan malo y barato de los supermercados. Mientras estaba sumergido en mis pensamientos, no me di cuenta de que una clara llovizna había inundado las calles de Teruel. El olor de los gases cambia por ese olor a humedad que da alergia. Sin esperarlo el cielo se volvió completamente negro, mientras mis ojos procesan este cambio no puedo dejar de pensar en esa paradoja, así fue muy vida, ahora estoy en la etapa negra. Pasa mucha gente con sus paraguas, todos tienen prisa, cosas que hacer. Pasan por mi lado y ni me miran, algunos son lo suficientemente descarados como para decir cuando pasan que debería de estar trabajando y no vivir de la caridad de la gente. ¡Qué sabrán ellos!
Este malestar llega hasta lo más profundo de mi ser y no puedo evitar que las gotas de lluvia se confundan con mis lágrimas. No tengo qué hacer ni donde ir, así que decido quedarme como estoy. ¿Podrían empeorar las cosas? Sin embargo mi padre me decía que Dios no apreta más de lo que podamos aguantar. Yo no creo en Dios pero no puedo evitar que se me escape un pequeño rezo de estos de "por si a caso".
Pero, nada. Durante días y noches deambulo por las frías calles de Teruel, mientras el tiempo transcurre y la fina lluvia a dado lugar a la fría nieve.
Por suerte hoy es un día soleado, estoy apoyado en mi pared de siempre pero tengo la sensación de que algo es diferente, algo va a ocurrir. Al ver que hoy no ha caido ni una moneda en mi gorra, empiezo a decaerme cuando de repente se avalanza sobre mi un pequeño yorkshire, mi reacción no es otra que la de apartarlo y levantarme. El perrito solo quiere jugar, me mira con esos ojitos aguados que sin darme cuenta me inspiran amor y ternura. Los ladridos del perrito vienen sucedidos por los gritos de la que parece ser su dueña, una mujer de unos 38 años, algo pálida pero sabe resaltar sus virtudes, vestida con un abrigo negro unos leggins rojo granate y unas zapatillas negras. Enseguida me doy cuenta de la dulzura de sus ojos y la belleza que desprende. Dejo de hacerle caso al perrito, no veo nada más en mi camino que a esa bella mujer. Cuando me quiero dar cuenta estoy hablando con la mujer, llamada Elsa, y paseando a su perrito, Pepi (curioso nombre). Resulta que tenemos mucho en común y es la única en mucho tiempo que ha sabido mirar más allá de mi indumentaria rota y sucia.
Hemos quedado mañana a la misma hora en el mismo lugar. Cuando vuelvo a mi habitación y me acurruco en la cama mi corazón palpita de forma que siento que se va a salir de mi cuerpo, solo pensando en la buena tarde que he pasado hoy.
Llego 5 minutos antes y me vuelve a sorprender Pepi, esta vez en lugar de apartarle juego con él y le doy unas golosinas para perro que compré (me parecía oportuno). Detrás de Pepi apareció Elsa, la que marcó una amplia sonrisa en mi rostro. Esta vez Elsa me invitó a su casa a comer algo caliente, pues se veía en mi cara el hambre que estaba pasando. Pepi seguía tan juguetón como siempre. Pasó un tiempo hasta que encontré por fin un trabajo con el que pagar mi habitación, pero me acabé mudando a la casa de Elsa.
Elsa y yo acabamos siendo pareja y a Pepi no parecía importarle tener un nuevo "papá".

En nuestra nueva vida feliz no tuvimos en cuenta que Pepi ya era viejo. Este calló enfermo del corazón, y unos meses después murió. Nos sentíamos vacíos sin Pepi, nos había ido nuestro pequeño "hijito". Qué hacer en estos momentos, Pepi no puede ser reemplazado por otro simple perro, él era especial, fue el que nos ayudó a conocernos y querernos. Pero al cabo de una semana, Elsa recibió una llamada telefónica. Al colgar estaba blanca, yo me aproximé a ella y le pregunté que ocurría. Ella solo dijo que debíamos ir a la casa de una vecina. Cuando llegamos, ya lo entendí todo, había un perro mezcla de yorkshire y beagle al lado de la que parecía ser su madre una beagle.
Y sin darme cuenta ahí teníamos a nuestro nuevo hijito, este no sería como Pepi, pero era parte de él.
Ahora miro atrás y me doy cuenta de cuanto ha cambiado la situación. Hace un año Pepi me encontró en la calle, en un estado de depresión que ni yo mismo quería reconocer. Pero su alegría y la de su dueña, me ayudaron a salir del paso. Y hoy en día gracias a ellos, llevo una vida decente (más o menos buena).
No me quedan palabras de agradecimiento para Pepi.